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Argonáuticas 2.0

Detectivismo Literario

Detrás de las máscaras

martes, octubre 27, 2009



Leí El Perseguidor hace años, en unas vacaciones de agosto en las que me demoraba en recorrer una ciudad vasta y plana repleta de árboles, atardeceres incendiados, pájaros rectangulares que cada tarde lo arropaban todo con sus gritos salvajes. Apenas un tiempo atrás, Cortázar había estallado en mis manos como un taco de dinamita y yo seguía todavía el delirio de esa exploción. Había leído Rayuela, Los Premios, una buena parte de sus cuentos Completos que, poco tiempo después, Anagrama haría publicar en una edición de dos tomos con prólogo de Mario Vargas Llosa.

Ahora, leía El Perseguidor como una separata, en una edición de Alianza Cien en la que era posible encontrar pequeñas selecciones de textos de autores universales como Borges, Bioy Casares, tantos otros. Un librito mínimo, muy delgado, que llevaba conmigo a todos lados en tardes quietas y avenidas solitarias en las que se perdía, a lo lejos, la línea negra del cableado eléctrico.

Era un adolescente aturdido, pero no del todo estúpido. Conocía mínimamente a Cortázar como para comprender que la frase de un poema de Dylan Thomas, "O make me a mask" que servía de epígrafe junto a una cita del Apocalipsis, debía ser un guiño que indicaba no sólo uan condición temática en la historia de Johnny Carter, sino una propuesta estructural del mismo texto, tanto como los dos personajes centrales, Jhonny y Bruno, en realidad realizaban un evidente juego de espejos, un relato secreto en el que la supuesta estupidez de Jhonny en realidad reflejaba a Bruno, sus limitaciones, su fraude más íntimo.

Supe todo eso en silencio, sin tener a quién decírselo. Sin siquiera saber si tendría algún sentido hacerlo, pero persuadido por la íntima convicción del placer que implica todo acto de detectivismo literario.

Lo había olvidado hasta que hoy, de visita en Puente Aéreo, el blog del crítico Gustavo Faverón Patriau, acabo de descubrir la resolución de uno de los enigmas que esconde la historia. Cito completo el fascinante hallazgo de detectivismo literario que presenta Faverón:

Cuando muere, Bee, su hija, Johnny entra en una enésima depresión, y rodeado de amigos, en un menesteroso departamento parisino, elige a Bruno para decirle lo que el deceso de su hija le hace sentir:

"--Bruno, me duele aquí --ha dicho Johnny al cabo de un rato, tocándose el sitio convencional del corazón--. Bruno, ella era como una piedrecita blanca en mi mano. Y yo no soy nada más que un pobre caballo amarillo, y nadie, nadie, limpiará las lágrimas de mis ojos".
Bruno y los demás lo escuchan y parecen atribuirle a la psicosis, las drogas, la estupidez o el general deterioro psíquico la aparente banalidad de esas palabras:

"Todo esto dicho solemnemente, casi recitando, y Tica mirando a Art, y los dos haciéndose señas de indulgencia, aprovechando que Johnny tiene la cara tapada con la toalla mojada y no puede verlos. Personalmente me repugnan las frases baratas, pero todo esto que ha dicho Johnny, aparte de que me parece haberlo leído en algún sitio, me ha sonado como una máscara que se pusiera a hablar, así de hueco, así de inútil".
El lector sabe, sin embargo, que por lo común es Bruno el banal, el superficial, el falsamente inteligente, el del intelecto convencional, y que las aparentes incoherencias de Johnny, en cambio, poco o nada tienen de huecas, aun cuando él pueda parecer absorto en objetos que nadie más alcanza a percibir.

"Me parece haberlo leído en algún sitio": la frase en labios de Bruno es el disparador para que el lector sospeche que Johnny está citando un texto ajeno cuando expresa el propio dolor por la muerte de Bee. Pero, ¿cuál es el texto?

Durante años supuse que debía ser un poema de Dylan Thomas: del escritor galés son los versos que Johnny lee día y noche. Y la última frase del saxofonista, que repite el epígrafe del relato, es el inicio de otro bello (e idiosincrásico) poema de Thomas: "O make me a mask". Esa misma frase explicaría la idea que cruza por la mente de Bruno: "Me ha sonado como una máscara que se pusiera a hablar".

Nunca encontré el imaginario poema de Dylan Thomas que mencionara caballos amarillos, piedrecitas blancas y manos que enjugaran lágrimas. Esta semana, una corazonada me llevó a la solución del enigma (que no sé si otros lectores habrán solucionado antes, por cierto; seguramente sí): releí la poesía de Dylan Thomas y decidí probar suerte con la fuente del otro epígrafe de la novela, el Apocalipsis de San Juan.

Et voilà. Cito los tres versículos del Apocalipsis que son relevantes:

2:17 El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.

6:8 Miré, y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía; y le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad, y con las fieras de la tierra.

7:17 Porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos.

La piedrecita blanca del texto bíblico de San Juan es un mensaje de Dios para sus fieles que sepan vencer en la batalla contra las tinieblas. El caballo amarillo es el cuarto de los animales del apocalipsis (su jinete se llama Muerte, el infierno se abre detrás suyo). Por último, es Dios mismo quien limpia las lágrimas de la faz de los redimidos en el día del juicio.

En la versión de Johnny --que todos en torno de él consideran el balbuceo de un orate--, el mensaje divino ha muerto, el caballo apocalíptico (que es él mismo) queda suelto sobre la tierra y las almas de los redimidos no encuentran nunca la mano de una divinidad que les seque las lágrimas: han resucitado en un mundo sin Dios.


Imagen vía: traficantes.net

Etiquetas:

Por P. E. Rodríguez/R.Coll, 11:30 a. m.

2 Comments:

Panita, qué bestial.

Yo también fui aturdido. No entendí, por supuesto, la mitad de El Perseguidor.

Tanto la referencia en el texto original, como el detectivismo de Gustavo Faverón Patriau, son apabullantes.
Así es, panita. Hay algo apabullante en todo eso.

Un abrazo berlinés.
commented by Anonymous Pedro Enrique Rodríguez, noviembre 02, 2009 12:37 p. m.  

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