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Argonáuticas 2.0

Detectivismo Literario

1984 y la destrucción de libros

miércoles, abril 01, 2009



Todo el mes de marzo ha corrido el mensaje viral de la Guilty Secrets Survey, la encuesta de Spred the Word en la Gran Bretaña. Se trata de una exploración pública (de la que ignoro los detalles técnicos), sobre los libros que la gente dice haber leído, cuando en realidad no lo ha hecho.

La lista quedó así y, como casi era de esperar, tiene un importante sesgo inglés:

1. 1984 by George Orwell (42%)
2. War and Peace by Leo Tolstoy (31%)
3. Ulysses by James Joyce (25%)
4. The Bible (24%)
5. Madame Bovary by Gustave Flaubert (16%)
6. A Brief History of Time by Stephen Hawking (15%)
7. Midnight's Children by Salman Rushdie (14%)
8. In Remembrance of Things Past by Marcel Proust (9%)
9. Dreams from My Father by Barack Obama (6%)
10. The Selfish Gene by Richard Dawkins (6%)

He leído la información en, al menos una decena de blogs, y la verdad es que más allá de un lejano interés antropológico, no tengo demasiado qué decir respecto a la elección de los textos que no sea compadecer a los lectores ingenuos que intentan simular que acometen esa empresa genial (aunque a ratos aburrida) que significa leer el Ulysses de Joyce.

Leo la lista otra vez justo en unos días en los que se descubre la triste historia en la que 62.262 libros de las bibliotecas del estado Miranda fueron vendidos como pulpa de papel durante la infausta gobernación del teniente retirado Diosdado Cabello. Fueron enviados a los molinos, pero esta vez, los molinos no son, no eran, los colosos que atemorizaron a Don Quijote en los desiertos paisajes de Castilla, sino una máquinas trituradoras de palabras.

Dice la nota de prensa de El Nacional, escrita por Laura Helena Castillo:

Los dos tomos tapa dura de las Obras Completas de Rómulo Gallegos, editadas por Aguilar en 1959, pesan 1,2 kilogramos. Eso, a 0,35 bolívares fuertes por kilo -que es lo que paga una fábrica que desmenuza libros para venderlos como pulpa- suma 0,42 bolívares: las piezas más emblemáticas de la memoria cultural venezolana no valen ni un bolívar en el mercado del reciclaje de papel. Por peso, como el queso paisa, se vendieron no sólo muchos ejemplares de la obra de Gallegos, sino los de miles de autores que entraron en la lista de descarte de material de las 36 bibliotecas del estado Miranda que, entre 2007 y 2008, elaboró el Instituto Autónomo de Bibliotecas e Información de Miranda, Iabim, mientras Diosdado Cabello era gobernador. En total, sumaban hasta mediados de esta semana 62.262 libros, pero las auditorías continúan.

"Al que llegue le compramos", es claro Carlos Montecristo, encargado de la Recuperadora 31-35 en El Tambor. El hombre describe su trabajo de disección: "Nos traen los libros y los rompemos para sacarles la pega y la portada. Seleccionamos el material, lo embalamos y lo mandamos al molino". A esa empresa devoradora de letras llevaron los textos que sacaron de las bibliotecas mirandinas. "Sí, los que venían eran de la gobernación, pero nosotros sólo los conocíamos de vista", advierte Montecristo. El destino final es la fábrica Repaveca, en Maracay, donde, entre otros productos, elaboran papel higiénico y servilletas reciclados.

Casi sería dificil encontrar una mejor y más escatológica metáfora de lo que un gobierno puede terminar haciendo con los libros que debería mantener a buen resguardo: papel higiénico.

Casi sería gracioso como historial del absurdo si no fuese tan triste.

Pero el jardín de los senderos que se bifurcan no acaba allí.

La tragedia de la destrucción de libros tiene, como corolario, el hecho de que el presidente de la Biblioteca Nacional de Venezuela durante la trágica destrucción, era, sorprendentemente, el señor Fernando Báez, escritor de dos clásicos contemporáneos sobre la destrucción de libros, Historia Universal de la destrucción de Libros y La destrucción cultural de Iraq, éste último prologado nada más y nada menos que por Noam Chomsky.

No sé si, para seguir con la metáfora de la Historia Universal de la infamia, las simetrías, los espejos concéntricos, el señor Báez en realidad acabe por convertirse en el impostor inverosímil Tom Castro, tal como denuncia con algo de psicoticismo y evidente mal gusto un cierto sujeto habitual de una página de propaganda pagada por el gobierno. En todo caso, lo que sí podemos saber fue lo que Báez tuvo que decir respecto a la destrucción de los 62.262 libros:

"A mí me interesaría conocer de cerca el caso de los descartes de esos materiales. No tengo los informes a la mano, nunca se me reportó nada parecido. El tema me interesa mucho y lo anoté dentro de mis apuntes",

¿Será que pudiese ser un buen material para una nueva Obra donde él mismo, tácitamente, sea uno de los implicados?

El episodio, por supuesto, no puede dejar de hacernos pensar en el sentido dramático que la historia (a través de sus libros conservados de la destrucción y el crimen) nos enseña sobre los gobiernos repletos de militares, de mandatos nacionales y regionales inspirados en el habla gruesa y el hombre fuerte, en el placer de controlarlo todo, en los mitos de idealización de la barbarie.

Virgina Betancourt, antigua directora de la Biblioteca Nacional, señalaba con absoluto sentido común en la misma entrevista de Laura Helena Castillo para El Nacional lo que, después luego, cualquier persona sensata podría estar recordando:

Esta es una práctica común de los gobiernos totalitarios para los que la biblioteca pública es peligrosa, porque el uso de sus recursos contribuye a formar ciudadanos capaces de llegar a juicios críticos y a tomar decisiones personales. Es decir, a ser libres.

Es precisamente hoy, pensando en la tragedia de la destrucción de libros cuando le encuentro, de pronto, un curioso sentido al listado de las lecturas fingidas que reveló la Guilty Secrets Survey; al leer el listado, de pronto se me hizo dolorosamente claro, como en un cuento de Chéjov, el por qué será que la gente dice haber leído el 1.984 de George Orwell sin jamás haberlo leído en realidad.

(Por cierto, en caso de formar parte de ese esquivo 42%, aquí está el link al libro completo).

De entrada, hay un par de cosas que es preciso resaltar sobre esta página imaginaria, todavía no triturada: resulta significativo notar que, en comparación con otros textos de la lista, 1.984 es un texto inmensamente más sencillo y rápido de leer. Orwell, quien no en vano fue un buen periodista y un conocedor del sentido de la propaganda, escribió un libro en clave leve, que no debería implicar muchas otras complicaciones para su lectura que no sean las más elementales, las más cívicas, la pregunta retórica más evidente es, entonces, ¿por qué tanta dificultad para sentarse a echarle un ojo completo al librito?

No intento proponer una teoría del complot, mucho menos sugerir que sostengo por una pata a ese conejo escurridizo que es la verdad, pero debo decir que a un poco de pensarlo creo comprender el terrible motivo sobre el cual se fundamenta esa mentira. Es sencillo y brutal. Me parece que es así: la gente descarta la lectura de 1.984 porque cree conocer su horror, porque cree estar suficientemente enterada de su trama desde la cómoda y simplificada perspectiva de la cultura de masas. La gente no lee 1.984 porque cree que lo poco que sabe sobre las posibilidades del control y la pérdida de la libertad es suficiente, porque en el fondo, de una manera blanda y secreta, no quiere exponerse a su trágica metáfora, porque calladamente quiere imaginar que vive en un mundo mejor. La gente no lee 1.984 por las mismas razones que le cuesta entender la desmesurada dimensión de los campos de concentración, la desmesurada popularidad que en su momento han alcanzado sujetos como Adolf Hitler, Mussolini, Franco, Josip Staling, Fidel Castro, Pol Pot. No lo lee por las mismas razones que no quiere imaginar que un gobierno basado en el pensamiento único, en el poder de fascinación de su caudillo llanero, iluminado por las luces, adornado por las bambalinas, pueda ser algo distinto a lo que han sido todos los gobiernos de inspiración militar de la historia humana. Porque vanidosamente cree estar a salvo, porque anhela estar a salvo. Porque, a plena luz del día, descree con inocente candor del desesperado poder de toda pesadilla.

Imagen vía:skilluminati research

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Por P. E. Rodríguez/R.Coll, 6:27 a. m.

7 Comments:

La verdad puede ser más simple. Hemos ganado la lucha dentro de nosotros y, puesto de manera sencilla, "we all love Big Brother"
Pues bueno, a eso más o menos es a lo que me refiero: al Big Brother Inside.

Saludos por allá, Guillermo.
commented by Anonymous per, abril 01, 2009 11:52 p. m.  
Estimado Sr. Coll.

Jamás me había conmovido tanto leyendo un post. Gracias. Su intuición me hizo recordar aquello que repetía un profesor que tuvimos en común: “solo los poetas pueden intuir la verdad”.

Un abrazo.
Me conmueve que te conmueve, Wolfensteinn.

A mí también me gustaría creer que los poetas hacen eso que dices, aunque no estoy muy convencido de ello que se diga.

Te mando un abrazo en la distancia
commented by Anonymous per, abril 02, 2009 10:58 p. m.  
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
En diciembre de 2008, finalmente tuve la oportunidad de leer 1984. Luego, al revisar tu post, me di cuenta de las puertas que se me habían cerrado y la posibilidad de paz que desperdicié.

Primero, ya no me puedo incluir en el grupo líder de la lista correspondiente a falsos lectores. Tendré que conformarme con Ulises, el problema es que esa obra eventualmente también me va a provocar leerla. Pero en realidad esa posibilidad perdida no es tan importante como esta otra. La lectura de 1984 sólo a complicado aún más, mi relación con el caudillo y su régimen, ahora me siento más crítico y suspicaz de sus movimientos y decisiones revolucionarias, el gran hermano que después de 10 años debería estar más integrado a mi psique, lo noto más bien ajeno y distante, por tanto, difícilmente conseguiré la paz que proporciona el sometimiento. Lástima, me hubiera gustado tener una vida más tranquila.

Gracias por 1984 estimado Orwell. Gracias, por legar la necesidad de la crítica ante los diferentes rostros del PODER… John.
Así es, John. Leer estas complican las relaciones con los tristes caudillos neo-bigbrothers. Es precisamente por eso que siempre resulta tan poéticamente conveniente triturarnos los libros.

Un abrazo.
commented by Anonymous per, abril 10, 2009 11:54 a. m.  

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